lunes, 6 de febrero de 2012

HUIRÁ LA SOLEDAD POR UNAS HORAS

Señorita estimada:
me pide usted un murciélago que no salga de noche
un jabalí que se lave los dientes
y una fe que no tengo
Unos meses atrás le hubiera contestado que cuando algo se acaba es porque algo comienza
que nada se detiene ni el amor
y la luz nos sorprende cuando ya sospechábamos que la desesperanza
como un chicle
se nos había pegado a los zapatos
Le hubiera hablado de sus pechos de usted que nunca he visto
pero que siempre supe tiernos y desolados bajo tanto esplendor
De su delicadeza cuando anda moviendo esas magníficas caderas
cuando mira perdida y deliciosa como una gatita que sólo deseara
tenderse junto al fuego
y olvidar
Pero hoy señorita ni el deseo ni el azar
como necesidades manifiestas
son más que desgastadas canciones de un idioma perdio
ajadas convicciones de una secta de idólatras
que amó la plenitud
Hoy sé que es imposible reconstruir los templos en los que levantamos
oraciones al tiempo venidero
ni siquiera empleando las modernas técnicas siquiátricas
los pinchazos que intentan aislar el corazón del frío
Señorita estimada el desastre consiste en empeñarse
en una vocación de nadador en medio del desierto
y aunque pudiésemos volver
si en la arena creciesen las palmeras y arroyos que el recuerdo no evita
los lugares que en otro tiempo cobijaron la sed
nada nos reconocería
una sombra en los ojos / un extravío / una desazonada indiferencia
delatarían que no permanecemos ni siquiera en nosotros
derrotarían las máscaras
Pero si usted señorita me dejara besarla
si usted me permitiera entregarle mi angustia
si usted se abandonara entre mis brazos
quizá por unas horas la soledad
asustada
respetaría nuestro silencio

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